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La Coctelera

TABURETE

11 Mayo 2007

Imaginemos una ciudad

De noche. Muchos edificios a diferentes distancias y distintas alturas. Los más altos evitan que veamos a los más bajos. Uno pequeño queda encajonado dentro de otro mayor. Una ciudad desordenada pero rectilínea. Dividimos los edificios en ventanas, también cuadradas. La mayoría oscuras, con las persianas bajas o distinguiéndose, tenues, las cortinas. En otras ventanas, las menos,hay luz.

Centramos la mirada en una de éstas. Es un quinto piso de una gran torre. Una mujer sentada en una mesa camilla, con la mirada perdida en el salón de su propia casa. Los niños duermen, el marido duerme. Se levanta, mide la altura del sofá y toma nota en un folio doblado aproximadamente por la mitad.

También en primer plano, en otro edificio que hace esquina, un gran ventanal iluminado permite observar a un hombre de mediana edad, con ropa de calle y con zapatillas de andar por casa. Se inclina con una regla sobre una gran mesa blanca también desnivelada. Con la mano izquierda coloca la tablilla y con la derecha traza una línea.

Al fondo se ve otra ventana. Abierta y con luz intermitente. Dentro una joven repasa unas natillas mientras ve la televisión. Los compañeros de piso duermen. Ella ha decidido, por segunda noche consecutiva, levantarse de su cama e ir a la sala. Trata de conciliarse así con el mundo, para ver si éste le contagia de algún modo su sueño.

A la izquierda, otra luz. Una habitación pequeña donde una raquítica mesa de escritorio da cobijo a un escritor de diarios. La luz la aporta un flexo. El escritor de diarios enciende la iluminación de la mesa y después, poco a poco, las demás se van apagando. Queda útil tan sólo una esfera de algo más de un metro, donde se sumerge en su propia realidad. Las notas se precipitan vertiginosas sobre la libreta. El escritor de diarios siempre llega hasta el borde del abismo. No puede ser de otro modo. Llega hasta el límite y se asoma. Decide tirarse y vuela sin pensar que algún día puede dejar de hacerlo.

El escritor de diarios tiene una ventana que da a la calle. Desde ella se arroja a la acera como un fantasma. Divaga. Invisible camina con la compañía de los que cada vez están más lejos: Los coches, los peatones, los perros, los neones…

En toda ciudad hay siempre un escritor de diarios. Por la mañana camina escuchando música con los cascos en las orejas y la mirada perdida. Dentro del autobús le gotea el lagrimal. Por la noche escribe lo que sólo son capaces los más grandes. Bipolar, se debate entre ser uno de ellos o el mayor de los ingenuos.

Cierra la libreta, se asoma a la ventana, la mete en un cajón, enciende la luz de toda la habitación, apaga el flexo, se mete en la cama, ve unos segundos hacia el techo y, por último, estira la mano para accionar de nuevo el interruptor que le deje, por completo, a oscuras.

+ Relatos en Lost Dogs

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4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

sin comentarios

sin comentarios dijo

Teniendo siempre presente que las comparaciones son odiosas.
Al leer este relato he tenido la misma sensación que al leer “Nunca llores delante del carpintero” de Ray Loriga, no quiero decir, q tengan un estilo similar o que ambos traten temas comunes.. Es mas bien el espacio claustrofóbico o agobiante que los relatos transmiten, con el fin de llenar de sentido al protagonista del relato.
Me gusto mucho

16 Mayo 2007 | 06:49

taburete

taburete dijo

Muchas gracias... Aprovecharé para leer a Loriga que no lo he hecho y tengo curiosidad desde hace tiempo.
Me alegro de que te haya gustado y creo que en dos líneas has definido inmejorablemente la idea sobre la que gira este relato.
Saludos!

16 Mayo 2007 | 09:46

Trifi

Trifi dijo

Como sabes, amigo taburete, he tenido a este escritor de diarios entre mis papeles durante meses, y emparedado entre mi pecho y mi cerebro. Este texto siempre ha sido, de los tuyos, mi favorito desde que empecé a leerte.

Cuando me siento delante del ordenador, con el nuevo documento word en blanco, iluminando débilmente las paredes de mi habitación, miro por la ventana, buscando inspiración, mirando en las ventanas del edificio de enfrente, observando a las gente hacer sus cosas de gente que hace cosas, y siempre me acuerdo del escritor de diarios, y sonrío contento al imaginar el hilo rojo que une Madrid y Vigo. Uno de los hilos rojos galego-madrileños que atraviesan pueblos de piedra, y avanzan a tirones por valles de asfalto entre torres metálicas que comparten hilos grises. ¡Cómo brilla nuestro hilo, amigo!

Un abrazo hermano literal. Se te echa de menos.

18 Mayo 2007 | 12:01

taburete

taburete dijo

Un honor, Trifi.
Saludos!

21 Mayo 2007 | 09:52

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