Vigo :: César Portela en el Círculo de Bellas Artes [Madrid]
Hay mucho modelos de xplotación cultural posibles. El mayor ejemplo de transición de ciudad industrial a cultural-turística lo tenemos en Bilbao y el modelo Guggenheim. Pero Vigo está adoptando otro estilo [dudo si es intencionado o producto del azar] en el que se trata lo cultural de un modo mucho más racional y, si cabe la expresión, profundo. Tan profundo como el propio Museo del Mar, un gran desconocido para la comunidad viguesa, aun siendo para mí, una de las mayores referencias arquitectónica del último siglo en Galicia y una pieza clave en el estado. Su presencia no se evidencia, no grita, ni ensucia. Se sitúa en un enclave tan vigués y tan poco “bonito” como la playa de Alcabre. Ahí donde Santa [Bardem] se sienta sobre una roca perdiendo, en un lunes al sol, la noción del tiempo. A lo lejos hay un faro y una caseta de pescador, a la que anteceden varios pabellones de granito gris. Austero y rectilíneo el Museo del Mar descarta toda opción de barroquismo.
El Círculo de Bellas Artes de Madrid ha organizado una muy interesante exposición sobre su co-autor, César Portela. En esta muestra se recogen varios ejemplos de la obra de este arquitecto gallego afincado en Pontevedra. En esta exposición está Galicia, están Vigo, Coruña y lugares anónimos que corresponden a un imaginario de pueblo que, por momentos, parece olvidado o fantasmagórico.
Personalmente me ha impactado el proyecto del futuro Auditorio de Vigo, por ser la referencia arquitectónica que le falta a esta ciudad en la zona del puerto. Hacia el que vuelve a mirar con valentía y orgullo a través de un gran ventanal que sirve como marco a un elemento fundamental las grúas del muelle.
Pero no deja de sorprenderme lo que vengo repitiendo, que el ciudadano de a pie parece que se está quedando fuera de este paso. No sería nada edificante engañarse y tachar de ignorante al pueblo o de despótico y elitista al artista, pero existe una disonancia que es preciso paliar introduciendo a la gente en el interior de estas obras y logrando que el ciudadano disfrute de un modo real y tranquilo, sin vender humo. Conste que hay un carácter que me vence y que carcome cualquier iniciativa. Es erróneo plantear carácteres de pueblos, pero sí que parece que, en estos casos, siempre surge la demagogia vociferando que hay cosas más importantes que construir edificios vanguardistas y un rechazo por la cultura menos figurativa, que exige un conocimiento y una formación para su disfrute. Y no es que se trate de explicar, ni de decirle a la gente el por qué esto es mejor que aquello, si no todo lo contrario. Sencillamente el acercamiento a estos espacios sin exigirles nada y sin esperar contrapartidas. Si no pregúntenselo a los niños. Los mismos niños que juegan en Madrid con las estructuras que El Tono y Nuria dejan en la calle, son los niños que se zambullen en la ría de Vigo, tirándose desde el muelle que lleva al faro del Museo del Mar. No creo que nadie les haya explicado a estos, que eso es un museo y que deben contemplarlo de algún modo especial y que cuando deciden acercarse con sus bicicletas para darse un baño, lo están construyendo y dándole vida.

Quizás Vigo en algún momento ha sido conquistada por Riera y los suyos. Los hombres grises del cuento de Momo y enclaustrada en una frustrante necesidad de reconocerse en el espejo, de compararse con otros lugares y cerrándose sobre sí misma, se transforme en un ser bipolar con hábitos de autodestrucción o ensalzamiento desmesurado. Pero llegará el momento en el que se tope con un punto intermedio entre estos dos odiosos y pacatos extremos, para disfrutar con naturalidad de sí misma.
Este paso es preciso, además, para consolidarse como ciudad. Avanzar más allá del concepto de espacio cobijo de trabajadores de Citroën. Por esta razón, quizás sea fundamental, pragmáticamente hablando, girar la mirada hacia la ría, pues por ella, además de moluscos y pescados, vienen visitantes.

